Acompañando la vocación de mi hijo

Acompañando la vocación de mi hijo

Por: Alexandra Parra Rubio

       8 de junio de 2021

Siempre me ha parecido muy difícil responder a la pregunta sobre ¿Quién soy yo?. No sé si decir, madre, mujer o hablar del trabajo que realizo.

Pero desde hace un año he tenido una revelación, y como toda revelación, no solo me ha dejado ver cosas que antes pasaba desapercibidas, sino también dudas y temor ante lo desconocido sobre lo se me muestra.

Esta revelación se dio el día que mi hijo, con un morral al hombro me dijo: Adiós Mamaca, dame tu bendición y después de abrazarlo, besarlo y bendecirlo, no vi al hombre en que se ha convertido, sino al bebé que dejé en el Jardín de Infantes mientras iba a estudiar. Ese bebé que hablaba conmigo de sus sueños, sus superhéroes, sus temores y sobre todo su necesidad de mí.

Y ante esa imagen de mi hijo partiendo con sus sueños e ilusiones tan o más grandes que cuando era niño, supe quién era yo.

Cuando él vino a mi vida, yo era apenas una adolescente, pero desde que supe que Favio estaba en mi seno, me sentí un ser muy especial, me sentí parte de un proceso de dar vida y lo único que quería era estar a la altura de este encargo tan maravilloso. Empecé a leer todos los libros que hablaban de las fases del embarazo, de la maternidad, de la primera infancia. Llevaba un récord de cada organito o función que mi hijo iba desarrollando dentro de mí, supe que a los 4 meses identificaba mi voz y la diferenciaba de otras voces, que a los 5 meses ya tenía uñitas, que a los 5 meses su corazón y pulmones eran una pequeña imitación de los míos, que a los 7 meses estaba casi listo y que cuando me vio por primera vez, me vio en blanco y negro porque todavía no estaba activados todos los sensores de sus ojos.

A partir de allí y durante dos tercios de mi vida he sido madre. 

Cuando Favio nació mi vida cambió, pero no como pensaban otras personas, ahora tenía una motivación de salir adelante con mayor ímpetu, ahora tenía alguien que me necesitaba y necesitaba la mejor versión que podía tener de mi. A partir de ese momento fui más disciplinada con mis estudios, empecé a trabajar para conseguir mejores ingresos, al inicio no tenía un lugar, ni una persona que me lo cuidara, así que lo llevaba a la universidad y mientras entraba a clase, lo dejaba con compañeros de carrera que tenían clase en otros horarios, quienes cuidaban a Favio al pie de la ventana donde yo tenía clase, eran psicólogos de cuarto semestre, estaban perfectamente capacitados para atender un bebé durante 45 minutos, igualmente, los mantenía “bajo estricta vigilancia”, como ellos decían.

Favio dio muestras de una gran inteligencia, aprendió a leer antes de los 3 años y a los 6 ya había escrito su primera recopilación de cuentos. Era muy fácil ser su madre. Nos pasábamos las tardes estudiando y leyendo, generalmente él apoyado sobre mí. Esta escena puede representar la mayor parte de nuestra vida.

Favio fue diferente a mis otros hijos, con los demás asumí un papel de control y orientación más profundo que con él. Favio era muy maduro para su edad, éramos más amigos, que madre e hijo y nos apoyábamos mucho, aunque se supone que solamente yo debía apoyarlo a él.

Pasaron los años, llegaron sus tres hermanos y Favio fue tomando otros rumbos, tenía amigos, novias y tocaba el bajo en un grupo de rock. En algunos momentos estuvo muy lejos de Dios y cuando hablábamos de este tema, siempre tenía argumentos muy racionales y bien pensados, siempre respetando lo que yo pensaba, pero argumentando sus dudas y objeciones con mucho fundamento.

Estudió Psicología, al igual que yo, en la misma Universidad, incluso un compañero mío fue profesor suyo. Volvió a ese espacio donde pasó sus primeros años, mientras yo estudiaba, aumentó su espíritu crítico y su capacidad de comunicar a los demás sus profundos pensamientos y cuestionamientos sobre la vida y la sociedad.

Cuando ya fue profesional, empezó a trabajar. Era psicólogo y docente de inglés en una institución educativa. Fui testigo de su responsabilidad, su liderazgo con los jóvenes y su compromiso con su proceso educativo integral.

Y en este momento empieza la bendición más grande: me dice que va a asistir a la Reunión de jóvenes con el Papa Francisco en Panamá, que ellos estaban recogiendo los recursos necesarios con actividades culturales y trabajos adicionales.

Cuando regresó estaba diferente, los demás no lo notaban, pero yo sí, su cara brillaba de una manera especial, estaba feliz de una manera distinta, empecé a percibirlo con mayor plenitud en lo que hacía, hasta que un día me dijo: Mamaca, me voy a casar.

Quedé de una pieza, no sabía que tenía novia en ese momento, o por lo menos una relación seria. Le pregunté si la conocía y me dijo que sí, que hace mucho tiempo, incluso que yo la conocí antes que él. Me quedé más confusa.

Entonces sonrió y me dijo: me voy a casar con la Iglesia, he recibido una carta de los Jesuitas donde me invitan a conocer más de cerca su apostolado. Me dijo que les había escrito unos meses antes pidiendo información sobre el ingreso a la Compañía de Jesús y que le habían respondido.

Procesar esta información me llevó tiempo, no porque me sorprendiera de Favio, sino porque era una bendición que jamás se me ocurrió ni siquiera soñar.

He inició su camino de discernimiento con la Compañía de Jesús, posteriormente fue admitido como aspirante y estuvo en Casa Manresa durante unos meses, hasta que inició la Pandemia del Covid. En ese momento, Favio y sus compañeros regresaron a sus respectivas casas y siguieron su proceso de manera virtual.

El Señor prepara caminos perfectos para nosotros, durante este período de tiempo, mi padre falleció en mi casa de un cáncer que tenía hace tres años. Favio pudo estar con él en estos momentos, despedirse y recibir de los labios de mi padre un agradecimiento muy sentido por el tiempo que le dedicó a su cuidado en la enfermedad.

Quince días después de este fallecimiento, Favio fue admitido como novicio. La noche en que recibió la llamada de aceptación, mi madre y yo estábamos junto a él, pero no podíamos escuchar, así que solo orábamos. Hasta que por fin nos dijo: “me admitieron”. Empezamos a saltar, a gritar, todo parecía un sueño.

A partir de allí empezamos a preparar su partida, su maleta, lo que llevaría y los documentos que necesitaba, la emoción no me dejaba ver que cuando partiera se me iría parte del corazón con él.

Ya pasó un año de esta partida, un año sin mi padre y con mi hijo entregado a su formación, ha sido una eternidad en la que la oración es mi mayor anhelo diario, en la ración me siento cerca de él, le agradezco a Dios por llamarlo y le pido que le de los dones que necesita para ser un buen jesuita, a Nuestra Madre le pido que lo proteja, que lo cuide y lo mime con las caricias y ternura que no puedo prodigarle personalmente, que cuide su sueño como esas noches en que cuidé su sueño agitado por la fiebre de la varicela o de un resfriado; que sane sus heridas como yo lo sanaba cuando se golpeaba jugando y sobre todo que cuide a su comunidad de hermanos que son ahora su familia y, que responden a la pregunta del inicio de este texto: ¿Quién soy?, pues todos me llaman Mamaca.

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