Homilía Jornada de Oración por la Paz y la Reconciliación Templo de la Soledad 7 de mayo de 2021

Homilía Jornada de Oración por la Paz y la Reconciliación Templo de la Soledad 7 de mayo de 2021

En el marco de la coyuntura por la que está atravesando Colombia, la Misión vocacional y la Red Juvenil Ignaciana nos hemos unido para compartir con aquellos que sufren la injusticia social que por años han dejado en el país miles de víctimas. La Homilía realizada por el P. Jonathan Marín, S.J. nos invita a todos a tomar conciencia del momento que vivimos y a renovar nuestra fe y nuestro trabajo como cristianos. Que la lectura de esta Homilía sea un lugar de oración para cada uno y lugar de encuentro con aquellos que sufren.

Por: P. Jonathan Marín, SJ

Queridos amigos y amigas, hermanos todos. 

Deseo que tomemos conciencia del momento vital e histórico en el que estamos. Deseo que podamos reconocernos en este templo o en nuestras casas, que podamos mirar nuestros rostros. Deseo que podamos tomarle el pulso a nuestras emociones y sentimientos y que podamos considerar los rostros y las historias de quienes han perdido su vida o han sido violentados. 

Nos congrega hoy la fe y, en especial, el camino recorrido de esta última semana. La celebración de la marcha y las aspiraciones del pueblo colombiano nos reúnen en un escenario de solidaridad, de oración y de fe. El clamor de los ciudadanos, de los territorios, de las comunidades y los barrios sacude (y debería sacudir) hoy nuestras conciencias y nuestros corazones. Ese clamor -que es amasijo de identidades, deseos, sueños, sufrimientos, injusticias, dolores y pérdidas- resuena en estas paredes como alguna vez, un viernes, permítanme la analogía, el Templo en la anciana Jerusalén fue sacudida por un temblor en el asesinato del único Justo de la historia. 

Este es un clamor que nos aterriza en nuestra historia como una nación bendita por muchos dones y bienes y maldita en las múltiples violencias que nos han desangrado por décadas. Bendita en la entrega y la serenidad de muchos hermanos, muy sencillos, que de sol a sol consagran nuestra tierra con su trabajo humilde; bendita en las madres y en las mujeres; bendita en la inocencia de los niños y en los ideales de los jóvenes; bendita, en fin, en la sabiduría de nuestros abuelos. ¡Bendita de tantas formas! Pero también, y nosotros lo sabemos, lo vivimos, lo atestiguamos, una tierra maldita en nuestros egoísmos, nuestros odios y nuestras mezquindades. Hemos permitido por décadas que nuestras encrucijadas, conflictos y tensiones nos hayan llevado por el filo de la catástrofe y la inhumanidad, conflictos y tensiones azuzados por unos pocos, por unas élites, por unos poderosos. 

Pero, no nos confundamos: ni siquiera esta historia de nuestros horrores ha podido ahogar el sentimiento de marchar juntos como una nación, de sentirnos parte de un proyecto que hemos recibido de los mayores, un proyecto posible de nación fundado precisamente en el reconocimiento y en la memoria de quienes lo han perdido todo, de las víctimas de todos los tiempos, de nuestros pobres, de todos. 

Esa posibilidad se fragua, hermanos y hermanas, revisitando nuestros vínculos sociales no para anestesiar la realidad o para conformarse con un status quo. No. Se trata de un vínculo que supere las brechas sociales entre los que tienen y acumulan más y los que se empobrecen cada día más; un vínculo que asuma el desafío que viven los jóvenes de encontrar proyectos, sueños, oportunidades y sentidos; que nos toque la conciencia cada vez que alguien pierde su trabajo, que alguien no coma, o muera asesinado en las calles y en los campos. Se trata de un vínculo que nos pueda unir solidariamente al destino de los migrantes y desplazados; que nos reavive el cuidado a los niños y niñas y nos haga crecer el amor por nuestros ancianos. 

El futuro de estas movilizaciones sociales, me atrevo a decir, es esta capacidad de refundar nuestros vínculos y, en esto, de refundar nuestro proyecto de nación. No es un postulado inventado o etéreo porque al final es allí donde se juega la capacidad que podemos tener o no de coexistir para construir juntos el bien común. Es la necesidad de construir una comunidad en la que nadie se quede atrás, en la que nadie sobre y en la que se puedan compartir los bienes, logros y la paz. Y este sueño, que hoy compartimos, no se logra sólo con planes, diálogos nacionales o tecnicismos. Al final, lo conseguimos justamente en el convencimiento mutuo que se expresa en gestos, en acciones y decisiones. Gestos que expresen que nos anima amasijar juntos una nueva cultura. Para esto es necesario que convoquemos, que hagamos cosas, que nos encontremos y hagamos uso de la palabra. ¿Es esto posible ante tantos retos, ante una realidad de injusticia y abuso que parece arrasarnos constantemente? 

El Evangelio de este viernes coloca al centro, precisamente, el desafío mayor que recibimos de la fe en Jesús. También en el contexto de una situación crítica, de persecución y asesinato inminente, Jesús expresa en la Última Cena su sueño para sus seguidores: ¡Ámense! Siempre. ¡Ámense como Yo los he amado! Como Él, nos dice, es decir, hasta el final, a toda costa. No es una frasesita iluminadora, como si hiciese parte de una simple formalidad o de un curso de autoayuda. No se disfraza el dolor y, al tiempo, no se resquebraja la esperanza. No olvidemos que es esta situación crítica, la Pascua de Jesús, el germen y el fundamento de esto que realizamos hoy aquí bien unidos como estamos: el Pueblo de Dios que peregrina en el pueblo. ¿Es posible, entonces hermanos y hermanas, que podamos amar al centro de una realidad de injusticia, de abuso y de profundas desconfianzas? ¿Es posible amar siempre y sin medida cuando las promesas y los planes suenan a cortejo fúnebre? 

Desde la fe tenemos que responder que sí, sí es posible. Es la grandeza que nos pide este momento. Vivir el amor hasta el extremo, que es el amor que Jesús profesó por nosotros y que implica salir de nuestro sólo querer e interés para encontrar al otro, para renovar la confianza: desde el líder de la Nación en Palacio hasta lo más recóndito del campo colombiano necesitamos descubrir nuestras intenciones para hacer posible la confianza. Encarnar este amor de Jesús es servir a este propósito nacional. Es reconocer que no es posible la nación si sólo hay corazones vacíos que sólo piensan en la ambición del poder, del dinero o la popularidad. Y ustedes saben muy bien que quienes están vacíos no pueden transmitir paz o esperanza sino miedo y sospecha y así nada es posible. 

Sabemos que si nos quedamos atascados en las ciénagas de la división o engañados en los contubernios del poder no podremos caminar hacia el bien de todos sino que nos quedaremos en una suerte de “agonía de las mediocridades”, como solía decir el cardenal Bergoglio en Buenos Aires. Y, hoy, mientras muchos en el gobierno o por fuera de él, siguen con su visión nublada y su sordera crónica o buscan decididamente sacar réditos de las diferencias, es el clamor del pueblo el que nos puede ubicar en la senda, afinar la mirada. Desde las reservas más profundas del pueblo fiel de Dios es de donde surge la valoración profunda a que nos llama el Evangelio: amemos, sirvamos al amor, hagamos del amor mutuo, generoso y sin reservas, el centro de nuestro ministerio, de nuestro trabajo, de nuestra participación pública y política. 

Desde esta disposición al servicio por la reconciliación, que es fruto concreto de esta vida de amor, aún sacudidos por la miseria de tantos, desgarrados por las narrativas de la violencia, bombardeados por la tentación de escapar y no comprometernos, desde allí, que es lo más profundo de nuestra realidad, podemos renacer si queremos renacer. Y esto es posible en el esfuerzo cotidiano y solidario, tanto a nivel personal como comunitario, a nivel de las organizaciones sociales que podemos acompañar, en la defensa de los derechos y la dignidad, en la excelencia de nuestro trabajo, en la búsqueda de la verdad, en la defensa de la vida de todos, en la búsqueda de oportunidades, en el trabajo por la educación, en fin. En tantas y variadas formas se encarna y se puede encarnar este deseo profundo al que Jesús nos lanza en el contrapunto de su propia existencia y que define lo que significa ser sus seguidores. 

Queridos amigos y amigas: renovemos nuestra fe y, en este sentido, renovemos nuestra tarea como cristianos y cristianas en los contornos de un amor posible, de un amor que transforma y que acerca, de un amor que permite que refundemos nuestros vínculos como nación. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo no podemos quedarnos callados, no debemos quedarnos callados

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