La bondad de Dios, la esperanza en un nuevo porvenir

La bondad de Dios, la esperanza en un nuevo porvenir

     Por: Jairo Bayona, S.J.

HOMILÍA DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO: Evangelio según San Mateo 20, 1-16

Queridos amigos. Estoy convencido de que las parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios adquieren su pleno sentido desde la perspectiva de la resurrección. Porque la resurrección de Jesús obtiene sentido, un sentido que la hace creíble, en relación con el porvenir que ella revela. Este motivo esencial es la esperanza en el porvenir que da acceso a la fe en Jesús. Desde este punto de vista, el objetivo de esta parábola de los “trabajadores de la viña” es despertar esta esperanza en aquellos que la han perdido. ¿Qué quiere decir esto? Que la fe en que Jesús ha sido verdaderamente resucitado comienza por la esperanza en que aquello que le aconteció a Él en la resurrección, es lo mismo que debe sucedernos a nosotros, aquello que debe acontecer un día en la historia de toda la humanidad.

Este texto de San Mateo busca, por tanto, provocar en nosotros la siguiente pregunta: si el porvenir de Jesús ha sido anunciado como debiendo ser el nuestro, ¿tenemos, entonces, deseos de creer?, ¿tenemos deseos de compartir el porvenir de Jesús? Se trata, por ende, de decidir si esto tiene sentido para cada uno de nosotros. Se trata de un asunto de esperanza en el porvenir del ser humano a pesar de él mismo, a pesar de sus bajezas y su encerramiento en sí mismo, más allá de todas las fatalidades y las contrariedades de la historia. Se trata también de un asunto de conversión al espíritu del Evangelio, que nos revela nuestro pecado y nos llama a liberarnos de él, a renovarnos a la imagen de Cristo, a ponernos al servicio de nuestros hermanos, a entregarnos a los otros al precio del sacrificio de sí, para hacer posible ese porvenir. Es, finalmente, una cuestión de valentía para emprender la construcción de una historia y de una humanidad en las que todo será nuevo. Esto es lo que quiere el Dueño de la viña.

Esta esperanza recae en la novedad de un porvenir que, aunque sea construido por los seres humanos – como lo es la labor de los trabajadores de la viña –, sólo puede ser dado desde afuera, desde la generosidad ilimitada del Padre, Señor de la viña. Que este porvenir absolutamente nuevo pueda ser dado a nuestra historia, diferente de aquel porvenir que cada uno de nosotros está en poder de procurarse, esto, queridos amigos, es la esperanza que hace nacer la fe en el anuncio de la resurrección de Jesús. Esto quiere decir que aquella persona que tenga fe en el ser humano y en su porvenir, pero sin ilusiones en sus propias posibilidades, y se decida a trabajar en ello con todas sus fuerzas, contra toda eventualidad, esa persona está, por anticipado, dispuesta a creer en el anuncio de la resurrección.

Son estas personas las que serán las primeras en el Reino de Dios, porque han sido las últimas; mientras que aquellas que se jactan de ser elegidas, se arriesgan a ser excluidas. Todos aquellos que esperan un porvenir diferente del que han vivido, pobres y desdichados en diversos sentidos, todos esos, sin excepción, pueden comprender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios y sentirse interesados en él, con la única condición de estar abiertos y permeables a una esperanza semejante.

En síntesis, esta parábola nos muestra que el Reino de Dios es dado por añadidura a aquellos que prolongan hasta bien entrada la noche el trabajo diurno y la víspera de la noche hasta el alba. En otras palabras, Dios dispensa el porvenir ilimitado de la vida a todo aquel que lleva al extremo el don de sí mismo por los otros. Cuando tú te comprometes con el porvenir abierto por la resurrección de Jesús, tu optimismo se transforma en firme esperanza, y asumes la responsabilidad de comprometer tu fe. Así, en la novedad dada gratuitamente de este acto de fe, te es revelada y acontece en ti la novedad del porvenir que Jesús esperaba y que debía sucedernos a nosotros en Él y por Él. No desesperes, ponte generosamente en las manos de tu Padre, para que, con el don de ti mismo a los otros, la esperanza en este nuevo porvenir, inaugurado por Jesucristo resucitado, se haga ya realidad en lo cotidiano de tus días. Que así sea.