La verdad, condición para la paz, la reconciliación, y el perdón

La verdad, condición para la paz, la reconciliación, y el perdón

     Por: Jonathan Marín Cano, S.J.

Homilía dominical, semana XXIV del tiempo ordinario, 2020.Hermanos, hermanas. Queridas familias y amigos.

Las lecturas que hemos proclamado hoy ponen ante nuestros ojos, una vez más, la invitación al perdón. Se trata de un desafío aún más importante y central en la medida en que reconocemos que muchas veces en nuestra vida hemos sido ofendidos, heridos, dañados o abusados por otras personas. También en la dimensión comunitaria y social hemos reconocido, con crudeza y horror, el mal posible, el asesinato, el abuso de poder y tantas otras formas de esa violencia que atraviesan nuestro trato social y familiar.

Cuando escuchamos en la liturgia llamadas como éstas: “el rencor y la ira son cosas detestables”; “acuérdate de lo que ha mandado Dios y no seas rencoroso con los demás”; o cuando Pedro le pregunta a Jesús por el número de veces que debe perdonar y Jesús le responde básicamente que “siempre”; cuando escuchamos estas llamadas, digo, no deberíamos interpretarlas como si se nos dijera que las ofensas recibidas, que el mal que nos ha sido causado o las acciones que nos han herido profundamente no fueran nada o no tuvieran importancia.

Fíjense que, a mi modo de ver, uno de los requisitos profundos para el perdón y la reconciliación es precisamente la verdad. Sí, la verdad, en el sentido de que sólo cuando seamos capaces de mirar de frente el mal, la violencia de la que todos, todas somos capaces, y sus consecuencias, estaremos más capacitados para salir transformar, construir y crear…

La experiencia del perdón a que nos llama el Evangelio tiene que ver con la conciencia personal y comunitaria de que no somos perfectos. Por más que a veces nos lo creamos y tratemos a los demás con esa suerte de superioridad moral. El Evangelio hoy nos muestra la experiencia de este ser humano que es perdonado por el Rey pero que luego, en la calle, con los suyos, con sus amigos y conocidos, no tiene compasión, sólo descubre razones para considerar que es el otro el que está mal… no ha podido cosechar en su vida, en su corazón, la grandeza del amor y la compasión recibidas, aquel perdón con el cual él mismo, un deudor más, había sido tratado. Estoy seguro que en ocasiones podemos identificarnos con esta persona…

El Evangelio nos pide, pues, ver las dos caras de la moneda. Nos reta a reconocernos no sólo como víctimas de los males y de las ofensas de otros sino a asumir la posibilidad y la realidad de nuestro pecado: la conciencia de que nosotros también hemos herido, hemos guardado rencor, hemos sido poco compasivos y empáticos, nos hemos alejado de los demás.

En este domingo los invito a que vayamos a esas relaciones de casa, de familia, de amigos en que todavía no hemos podido superar las diferencias, esas relaciones en las que el silencio se ha convertido en juez implacable, en que la indiferencia ha enfriado peligrosamente el corazón y nos ha hecho incapaces de encuentro, de caricia y palabra comprometida… En esas experiencias todos hemos sido víctimas porque al hacerle mal a otras personas nosotros mismos nos hacemos el mal, nosotros mismos salimos perjudicados.

Esa realidad que vemos, tal vez con tristeza o frustración, puede ser transformada, liberada, cambiada… si así lo queremos. La experiencia profunda de ser amados incondicionalmente por Dios, de abrir el corazón a ese amor ilimitado, es lo que puede permitir que seamos compasivos, misericordiosos, abiertos a los demás, capaces de relaciones significativas y constructivas con los demás. Vivir desde ese amor no es vivir un ideal de perfección moral y ritual que nos aleja de nosotros mismos y de los demás sino reconocer que la felicidad con la que nos sueña Dios pasa por la fraternidad y la paz construidas con realismo, sí, aun en medio de nuestras diferencias y contradicciones.

Queridos amigos: terminamos hoy la Semana por la Paz y quizás no hay un contexto, un tiempo más adecuado para encarnar este llamado a la reconciliación que éste. Ha sido una semana compleja, al menos en Bogotá, pero también en otros lugares del país. Hemos visto ante nuestros ojos, en nuestras redes sociales, la fuerza creciente de la violencia, alimentada, incluso, por las manos de quienes en nombre del Estado deberían propiciar la paz, la libertad y la seguridad.

Hemos visto también la indignación ciudadana por los abusos y el asesinato de inocentes, de jóvenes colombianos, sumado a los cientos de líderes y lideresas cuya sangre clama al cielo de modo incesante. Hemos visto también, cómo un sentimiento moral justificado y digno como es la indignación, puede convertirse también en escenario de desestabilización social, de destrucción, de confrontación y de profundización de las diferencias.

Hoy más que nunca somos llamados y llamadas a reconocer que la paz social, que el perdón y la reconciliación no serán posibles si no somos capaces de reconocer nuestra mutua pertenencia, de saber que somos nosotros quienes frente a la verdad de nuestras diferencias tenemos que soñar y construir este país, especialmente, desde la memoria de los inocentes, de los excluidos y los discriminados. En este empeño no estamos solos: nos anima la memoria de la víctima de todos los tiempos: el inocente-crucificado cuya historia nos pone al frente el mal del que somos capaces pero también la vida que podemos acoger y construir.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…