Una Semana Con Sentido

Una Semana Con Sentido

  • Aspirante a la Compañía de Jesús

El grupo de jóvenes aspirantes a la Compañía de Jesús en Colombia vive un tiempo de oración acompañada. Es un tiempo para descubrir aquellos elementos, que sitúan a la persona en la perspectiva del encuentro con Dios. Un camino de fortalecimiento de la relación humano-divina, ámbito donde es posible captar la voluntad de Dios. A continuación el compartir de un joven aspirante que vive la experiencia:

Sin lugar a dudas, esta primera semana, donde tuvimos la oportunidad de orar con los sentidos (vista, oído, gusto, olfato y tacto), se convirtió en un ejercicio imprescindible en el encuentro íntimo con JESÚS; que no solo fortaleció nuestra relación con Él durante la semana, sino que nos invita a ser conscientes de nuestra realidad diaria.

Orar con la vista, por ejemplo, nos puso en la órbita de aterrizar y ahondar, no solo nuestra mirada frente al mundo, desde nuestra cotidianidad y en relación con todo lo que nos rodea; sino también, a apreciar la mirada de JESÚS. Y nos llevó a preguntarnos: ¿cómo fue su mirada?, ¿qué miró?, ¿cómo miró?, ¿a quienes miró?, ¿cómo nos mira? Las respuestas a esas preguntas nos llevaron a ver “de otra manera”.

Cuando se ora con el oído, en cambio, aprendimos que existe una marcada diferencia entre escuchar y oír. Escuchar implica prestar atención al más sutil sonido, suave, delicado, sereno; oír es más superficial; así las cosas, se oye el ruido, se escucha la voluntad del Señor. La invitación: ¡seguir afinando el oído!

Ahora bien, gustar de los alimentos, de las personas, de las vivencias, de las cosas, también es otra manera de conectarnos con la presencia viva, cotidiana y transformadora del Señor; y ese fue el tema central de la oración con el gusto. Mas sin embargo, así como gustamos de los demás y de las cosas, también fuimos conscientes, en esta oración, del sabor que JESÚS nos propone ser para el otro. Hicimos referencia a la sal, como elemento que da sabor a las comidas, con el propósito de analizar la importancia de ser, nosotros mismos, sal para la humanidad, y en ese ejercicio de sensibilidad, preguntarnos: ¿Cuál fue el sabor que dejaba JESÚS a su paso y cuál es el de ahora? ¿Estamos llamados a ser sal gustosa o insípida? Bien lo dice el evangelista San Marcos: “Necesaria es la sal, pero si se vuelve insípida, ¿con qué le devolverán el sabor?

Por su parte, el olfato, como lo menciona Trinidad León: “es una sutileza diferencial, sutil, porque es lo apenas perceptible, lo que puede pasar inadvertido con facilidad, lo casi insignificante y, sin embargo, lo absolutamente presente.” La oración con el olfato, se convierte entonces, en la posibilidad de conectar dicho sentido con el aroma vivo del Señor; en la percepción consciente de nuestro propio olor, pero también con la invitación que nos hace JESÚS de oler al otro, cuyo aroma,  algunas veces, pasamos inadvertido con facilidad, pero cuya acción debe ser necesaria. El Papa Francisco así lo menciona también, cuando se refiere a que “la iglesia no solo necesita pastores que salgan a buscar a sus ovejas, sino además, que huelan a oveja.”

En el día quinto de la semana, la atención fue dirigida a JESÚS a través de nuestras manos. Orar con el tacto se convirtió en un ejercicio también consciente y sutil, no solo en observar y sentir lo que tocamos, sino de apreciar nuestras manos con las que tocamos, cogemos, acariciamos, incluso con ellas nos persignamos. No es tan frecuente fijarnos en ellas, en sus rasgos característicos, en su forma; podemos hacer muchas cosas buenas con nuestras manos, pero también otras muy malas; mas sin embargo, nosotros mismos somos los que las manejamos, movidos por nuestras mociones y emociones, por nuestra voluntad. Pues bien, tal como mis compañeros y yo lo vivimos, y agradecidos con nuestro Señor de tener las manos que tenemos; nos sentimos llamados a usarlas en la construcción de su reino, y a mostrarlas, no esconderlas; pero sobre todo a mirar en nuestras manos, las manos de JESÚS.

Así transcurrió esta semana, movidos por el Espíritu Santo a través de nuestros sentidos, en el encuentro más íntimo con JESÚS. Donde Él se hace presente, invitándonos a ver como Él ve, a escuchar como Él escucha, a gustar como Él gusta, a oler como Él huele y a tocar como Él nos toca; solo así, recobraremos la sensibilidad y consciencia de nuestros propios sentidos en un mundo tan sordo, insípido, ciego, inoloro e insensible; convirtiéndonos, en hombres de acción en la oración, con el fin de recobrarle también la dignidad al otro, haciendo que el ciego pueda ver, el sordo escuchar, el muerto vivir; como amorosamente lo hizo JESÚS.