Mi experiencia con San Luis Gonzaga

Mi experiencia con San Luis Gonzaga

  • 17 de abril de 2020
  • Autor: Joven en Discernimiento Vocacional

Cuando conocí la historia de San Luis Gonzaga por primera vez, solamente me generó como resultado una pregunta: ¿cómo?... ¿A quién podía caberle en la cabeza renunciar a una suntuosa herencia económica, y a un espléndido palacio enclavado en el rico y pintoresco norte de Italia?, ¿Quién desea abandonar la vida de un príncipe, llena de placeres y honras de una corte, para llevar una vida de servidumbre?, ¿Qué muchacho en sano juicio toma semejante resolución en la plena adolescencia: arriesgar la seguridad de toda su vida a cambio de una aventura que le ofrecía un futuro incierto?

Después de divagar largo tiempo con esa pregunta llegue a la conclusión de que, más que un despropósito, era una locura el modo de actuar y proceder de Luis. “No es que anduviera mal de la cabeza, pero seguramente algo no andaba bien en ella”, era lo que pensaba cada vez que reflexionaba sobre san Luis Gonzaga y su vida.

Tiempo después vine a comprender-como en la película de san Ignacio de 2016- que la pregunta estaba mal formulada; no era un ¿cómo?, sino un ¿por qué? y un ¿para qué?, y volví a hundirme en distintos raciocinios y pensamientos, tratando de comprender, desde la mente, los impulsos y deseos que brotan de un corazón enamorado de Dios, y que se sabe y siente amado por ÉL.

Pero inclusive, después de dejar de tratar de comprender a Luis, y abrirme al testimonio de su vida, me frustró el hecho de que Luis poseía varias virtudes de las cuales carezco. ¿Cómo había yo de poder imitarle, si Luis ya era un santo desde su nacimiento?, (creía esto porque lastimosamente algunos biógrafos lo presentan de  esta forma) ¿Qué esperanza me quedaba?

Pero fui comprendiendo que Luis fue creado del mismo barro que todos los humanos. Era una persona rebelde, orgullosa, rencorosa, intransigente, lo tentó la vanidad y la lujuria de su posición social, etc; y esto nos lo da a entender sus actitudes ante las diversas situaciones que debió afrontar tanto en su niñez en un campamento militar, su vida como paje del heredero del imperio español, la forma como encaraba a su familia con su deseo vocacional. Así que aprendió a doblegar su cuerpo y espíritu a través de fuertes penitencias; transformando, así, sus        anti-virtudes en virtudes. Demostrando en estos actos su osadía y convicción de ser acorde entre lo que deseaba ser y como realmente era él. 

Y con esa reflexión, al mismo tiempo en que me quitaba la excusa para no intentar imitarlo, me devolvía la esperanza de poder hacerlo.

Su madurez, su prudencia, su inteligencia, su respeto y delicadeza para con las personas, su amor por la justicia, su actitud crítica y comprensiva, su rectitud ética y moral… le daban un ascendiente único y diferente en el medio social en el que se encontraba; incluso se llegaba a pensar que sería más provechoso para Dios y para los hombres convirtiéndose en marqués. ¿Entonces por qué esa necesidad de convertirse en religioso, si podía seguir su ideal en su destino de vida?

Bueno, pues preguntándose siempre: “¿de qué me sirve esto para la eternidad?” se dio cuenta de que debía dedicarse a la exclusividad del servicio divino, más allá de un laborioso y abnegado servicio a los hombres. Ya que para él era posible servir a la humanidad mientras servía a Dios, pero no era capaz de conjugar un servicio a Dios a través de un servicio meramente a los hombres. 

Y así, decide dejarlo todo para cumplir su ideal de amar y servir a Dios y a la humanidad, y su sueño de convertirse en sacerdote jesuita. 

La mayoría de las personas buscan una corona que se marchita con el tiempo, mientras que muchos otros buscan una corona de espinas que nunca se ha de marchitar. Eso fue lo que comprendió el joven Luis Gonzaga, como muchos otros santos, y lo que lo impulsó a cumplir su ideal de amar y servir a los demás, para la mayor gloria de Dios.  

Y ahora, después de tantas preguntas, es Luis quien me interpela, con su vida, con una interrogante: “¿no podrías hacerlo tú también?”.

Y realmente es así, ¿Qué de peculiar o distinto tenía Luis, a mí, como para no poder seguir su ejemplo, y hacerlo yo también?